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En mi época de adolescente, a los jóvenes varones la figura paterna solía inculcarnos la homofobia hacia los homosexuales a temprana edad y no sólo por razones de incompatibilidad sensorial con la penetración anal.
Diferentes de las lesbianas, que suelen vivir su homosexualidad con naturalidad, fidelidad, discreción y honor, la mayoría de los hombres homosexuales, hombres al fin, no tienen suficiente control de sus impulsos sexuales, ostentan en demasía una pretendida feminidad que nunca van a poseer, de ahí el calificativo de “locas”, son promiscuos y no resisten la tentación de seducir a los jovencitos. Por eso cuando los varones llegábamos a la pubertad no faltaba la tenebrosa advertencia de papá “cuidado con los maricones en el cine, la playa y los baños públicos”.
Pero a pesar de todo, las locas siempre fueron parte natural de la sociedad. Destacados hombres de ciencia, artes y letras, con quienes la humanidad está en deuda, fueron homosexuales cuando era inmoral y peligroso serlo.
En los años sesenta, desechada la creencia de que la homosexualidad era una enfermedad mental que se curaba con electroshocks, el movimiento por la liberación sexual abrió un digno espacio social para los homosexuales y lejanas en el tiempo fueron quedando las historias de Paul Gerhard Vogel, Karl Gorath, Kurt von Ruffin y cincuenta mil alemanes más enviados a campos de labores forzadas por el crimen, oficialmente registrado en el código penal nazi, de homosexualidad.
Pero en la luminosa década de John F. Kennedy, los derechos civiles, la liberación sexual, la mística oriental, Los Beatles, la paz y el amor, también hubo quien levantó fortalezas en los más oscuros rincones de la maldad.
Además de fusilar a quienes se rebelaran y encarcelar a quienes disintieran, en 1965 Fidel Castro decidió someter a los que por otras razones ajenas a la política no se habían integrado a sus filas, los religiosos y los homosexuales, creando las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, la infame UMAP, auténticos campamentos de trabajos forzados al estilo nazi, a donde fueron enviados miles de jóvenes religiosos, locas de barrio y de paso cualquiera que no sirviera manifiestamente a la revolución, entre ellos quien se convirtiera, después de la experiencia, en cantautor emblemático de la revolución, Pablo Milanés y el actual cardenal cubano Jaime Ortega.
Y como hasta los mejores cerebros son
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