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Manolo Blanco
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Este artículo contenía varias malas palabras en su versión original, pero mi prima, opinante habitual de mis artículos y exquisita periodista Yolanda D’ Cino, una orquídea de Camelot en tiempos de Bin Laden, me regaña cada vez que uso lenguaje soez aunque me asistan todas las razones semánticas. Así que en honor a ella opto por una versión autocensurada.
En cada país existen vocablos que muchas personas prefieren no escuchar y menos decir en presencia de otras porque aluden con aura de vulgaridad a los genitales, el trasero, la masturbación, las prostitutas, los homosexual, el coito, la materia fecal y consideran que decirlas es inmoral.
Pero los valores morales no son reales. Poseen significados que cambian según las circunstancias. Otorgamos valor a las conductas dependiendo del costo, utilidad, bienestar y prestigio que signifiquen para quien la manifieste o para el afectado. La obscenidad de una palabra depende pues del contexto sociocultural en que se exprese y mucho de la intención con que se diga. Un buen ejemplo es la palabra “bollo”, que en España es un panecillo corriente, mientras que en Cuba es el apodo vulgar del genital femenino, lo que generó la costumbre de que muchos exiliados cubanos al llegar a Madrid se tomaran fotos junto a los letreros que anuncian “bollos calientes” para enviarlas a sus amigos en Cuba.
En materia de creación artística, los productores de entretenimiento siempre han preferido evitar las “malas palabras” en beneficio de la venta masiva. Es mejor no decir “culo” para no ofender a la abuelita aunque el nieto se cague de la risa al escucharlo. Pero en el verso contestatario, más que la elegancia poética y el hechizo de las metáforas, las frases necesitan la fuerza brutal de la autenticidad.
Cuba participó
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